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martes, 14 de junio de 2011

Recuerdo este lugar...




Recuerdo este lugar. Es curioso, a veces tengo la sensación de que digo esto con cierto déjà vu, como si  ya hubiera estado aquí, recordando. Pero no estaba exactamente así, claro. Toneladas de tiempo le han caído encima, toneladas de polvo, toneladas de olvido.  Era octubre, el día 9 y fuera el ruido de las bombas era insoportable.  La Luftwaffe y la RAF ya eran viejas conocidas, se trataban de tú a tú y nosotros, abajo, en este refugio antiaéreo,  esperábamos a ver quién ganaría el pulso finalmente.  Recuerdo cómo intentamos normalizar nuestras vidas en esos días, asignando a cada puerta un número, como si de una calle londinense se tratara.  Siempre se encuentra una manera de normalizar las cosas, la adaptación es la base de la supervivencia. Esa noche del 9 de octubre, creo que morí en el número 6, nadie se dio cuenta hasta horas después. En el número 13 estaba naciendo un niño al mismo tiempo, creo que la madre dijo que se llamaría John Winston Lennon, por el primer ministro. Tenía buenos pulmones, sería un buen político. No escuché más.

Tengo un déjà vu, recuerdo este lugar, pero no estaba exactamente así…

(Para Sucede y su propuesta)

miércoles, 11 de mayo de 2011

Insumisión.

Siempre pensé que no quedaría nada de nada del lugar que un día dejé atrás. Tras la decisión de todas las comunidades de la comarca de ceder terrenos para que se hiciera el pantano, las aguas habían anegado todo lo que un día fue el paisaje de mi infancia. No quise ver la muerte de mis recuerdos visuales y marché lejos, huyendo de la sensación de traición que al igual que a mí, había invadido a todos los que conocía y a los que sin conocer, sabía que les pesaba. No todos tuvieron la suerte de eludir su parte de pecado y algunos, pagaron más que otros la apuesta por el progreso . Por eso, cuando volví y vi aquel árbol en medio del agua, desafiante, erguido sobre un tronco delgado pero fuerte y apuntando al cielo con la determinación de quien no cederá un palmo de terreno, me sentí más pequeño y mezquino que nunca.

martes, 10 de mayo de 2011

Belleza II


De nuevo, intentó recolocar todas las partículas de polvo que cubrían la estancia. Pero ya sabemos que el polvo, posee la capacidad de mantener la apariencia de estaticidad  y ser dinámico a la vez. Tiene esas cosas, hay que quererlo igual no obstante.  Porque al fin y al cabo, suele acompañarnos durante mucho tiempo y conoce todos nuestros pensamientos.  Así que desesperado y vencido por la infinita pequeñez de las partículas, se sentó con el cuidado del que pretende hacer menos daño del que ya ha provocado y esperó a ver el resultado de su  inoportuno estornudo. Por desgracia, las letras que ella esbozara  sobre la mesa mucho tiempo atrás, cuando la capa de polvo era solo una incipiente pátina con reflejos dorados, se había deformado, perdiendo esa belleza que había conferido a su literal adiós.

miércoles, 27 de abril de 2011

Desconectado

La enfermera levantó la vista de la carpeta, por encima de unas gafas que se sostenían con determinación en la punta de la nariz. Fueron unos tres o cuatro segundos de silencio incómodo que terminaron con un carraspeo intencional de otra enfermera que me indicó que la siguiera. Mientras me alejaba de la recepción del hospital, aún sentía las garras de unos ojos que se mantenían presos tras  cristales de 4 dioptrías , pero que amenazaban por encima de la montura con una serie de preguntas cuyas respuestas, no le incumbían a nadie.
Aquel lugar era tal y como podría imaginarme que sería. Frío, distante, aun más impersonal con los cuadros de paisajes diáfanos en las pareces de color verde manzana. Olía a algo que siempre relaciono con la desinfección extrema, algo que debería llevar en la etiqueta: “Eliminamos hasta las buenas intenciones”  y que nunca me da la sensación de librarnos de todo mal. Solo oía los pasos de mis zapatos, los de la enfermera sabían cómo esconderse en ese ambiente estéril, y se me encogió el corazón de pesar que aún se mantendrían suspendidos unos segundos a una frecuencia inaudible . No me gustaría ser ese sonido y permanecer abandonado ni por un instante en ese pasillo. Sacudí la cabeza para alejar pensamientos absurdos.

En el final del pasillo, un salón vacío, con ventanales altos y estrechos que mostraban un mundo en el que el tiempo no se había detenido. Tan vacío me pareció, que no me di cuenta de que había encontrado lo que buscaba.

-Está ahí, en el rincón. No habla, pero eso no quiere decir que no lo haga usted. Nos gusta pensar que nos escucha.

Fue como si apareciera en ese instante.
De la enfermera alcancé a ver la espalda cuando se marchaba, de Rubén, esperé a que la memoria me diera alguna pista de quién fue. Mis pasos sonaron más insolentes en aquel lugar, parecía que se despegaran del suelo y se dedicaran a chocar estrepitosamente entre las paredes mientras me acercaba. Me sentía culpable, necesitaba discreción. Cogí una silla y me senté en frente.

Rubén miraba por la ventana pero no me pareció que estuviera viendo nada.  Comprendí lo que significaba la expresión ojos vacíos en ese mismo instante. No había nada allí, ni recuerdos, ni deseos,  ni miedos, ni alegrías. Solo las pupilas marrones fijas en el cristal. Alguien se lo llevó y nos dejó una carcasa decadente, que presumía de más años de los que en realidad cumpliría el 21 de marzo.

-Rubén.

Y el silencio contestó por él y me sonó a reproche por la larga ausencia.

Mutismo, no dije más, si él no podía estar en mi mundo yo iría al suyo, hasta que la enfermera me sorprendió por la espalda con un “El horario de visitas ha finalizado”. Asentí, me levanté y la seguí sin mirar atrás. Era difícil moverse en ese mundo en el que yo solo era un invitado ocasional.

-¿Nunca habla? 

-No. No necesita hacerlo en donde está. ¿Volver de cuando en cuando? Sí, ha pasado, pero es muy cruel despertar por solo unos segundos y ver en lo que te has convertido. La lucidez periódica es la muerte en vida.

En ese momento desee que mi visita no le hubiera despertado ningún recuerdo.

lunes, 18 de abril de 2011

La Vía Vieja

Estamos gordos. Sí, lo estamos y nunca había sido así, al menos yo no me había dado cuenta. O quizá sea cosa de la moda, pero estamos gordos. Lo dice la televisión, los programas esos de la mañana en la que la gente llama y recita sus síntomas como si recitara la tabla del 4. Se nota que lo hacen mucho en la cola del ambulatorio mientras esperan.
-Me duele aquí, justo aquí entre la cintura y la costilla, cuando ando.
-Eso mismo le pasa a mi cuñada y toma Ibuprofeno cada 8 horas.

No entiendo para qué esperan, ya tienen diagnóstico y tratamiento. Pero siguen esperando mientras tú, que no vas nunca, piensas que deberías haber traído algo para leer. Así que coges el móvil y descubres que tiene un juego de coches. Y no muy bien terminas de rellenar todo lo que te pide para empezar y eliges un coche de color verde botella, porque otro no te dejan coger hasta que no alcances más nivel, te das cuenta de que no tienes narices a mantener la lechuga esa en el circuito. Así que lo dejas y miras una foto de  un cuadro que hay enfrente y que firma Monet. Pero no dejas de escuchar las conversaciones de tu alrededor y terminas por jurarte que hasta que no se te caiga la cabeza, no volverás a pedir cita. Por si acaso y no sea que tengas colesterol o algo así, decides ir a caminar después del curro.


No iba a ir solo así que me llevé a mi hermano, que también se veía gordo. Aunque él sí que estaba gordo, ni modas ni modos. Decidimos atrochar por una zona donde no tuvieras que ir saludando todo el rato. Ya se sabe, esto de pasear para hacer “deporte” ha causado furor y a todo cristo le da por caminar a la misma hora y por los mismos sitios. Y qué curioso, los ves uniformados para la ocasión, alguno tiene hasta un reloj de esos que miden las pulsaciones, te dicen la cantidad de colesterol y grasas que quemas, pero no tienes narices a ver la hora que es. Yo que aun llevo un Casio, de esos que comprábamos en los moros y que traía luz y calculadora, no me veía en la “onda”.  Así que decidimos buscar un lugar más solitario y se nos ocurrió la vía vieja. Hace tiempo, y quien dice tiempo, se remonta a principios del pasado siglo, comenzó un proyecto para una nueva vía del tren que no terminó de cuajar, pero que dejó parte del recorrido realizado. El tiempo se había encargado de cubrirlo de maleza y de basura, bueno, lo segundo no era culpa del tiempo. Y esas cosas de la vida sana, al final terminaron por pensar en reciclarlo como camino verde. No era mal lugar para andar y además mi hermano lo tenía pateado de pequeño con la pandilla. Creo que se rompió la muñeca allí.

-¿Dónde mandarían toda la basura que había debajo de este puente?
-Pues debajo de otro puente.
-O enterrada para que se transforme en petróleo para el futuro.
-Sí, en un futuro donde todos los coches sean eléctrico y nos agradezcan que les hayamos llenado el subsuelo de mierda.
-Sí, bueno.

Comencé a imaginarme el futuro, un lugar donde yo no andaría por ninguna vía, ni esperaría en un ambulatorio lleno de jubilados de anteriores trabajos pero no de la medicina. Me dio vergüenza y lo dejé. Recordé cuando por el año 85, a quince del 2000, pensábamos que para el nuevo milenio, los coches irían flotando sobre el suelo, que vestiríamos con papel de aluminio o con monos de cuero, o algo parecido a  Blade Runner. Vaya mierda. Bueno, Lady Gaga hace lo que puede.

-¿No fue por aquí por donde te rompiste la muñeca?
-¿La muñeca? Yo nunca me he roto la muñeca, me rompí la clavícula.
-Bueno, pues eso.
-No sé, no tengo muchos recuerdos de esa época.
-Joder, me he tragado un mosquito.
-¡Escupe, escupe!.
-Vale, que parece que más que escupa me quieras sacar la espalda por la boca, no me pegues más.
-Qué quieres, a saber qué mierda ha pisado aquí cualquier bicho.
-Pues menos mal que no se me metió en el ojo, capaz y me lo sacas.
- Me parece que esto de la vida sana es un peligro.

Nos dimos la vuelta y nos tomamos una cerveza antes de llegar a casa, pero light.