Cada persona que lo lea, sabrá exactamente cómo termina si lo termina al compás de la música.
Todos los días en el pueblo de las lluvias son martes. Todos y cada uno de los días, de todas las estaciones del año son martes. Y es así porque fue en martes cuando llegaron Los Húngaros y cambiaron el sentir de las personas.
Los Húngaros venían de espaldas al Oeste, porque decían que en el Oeste, está el país de los muertos y no está bien acercarse a él hasta que no toque. Así que solo veían amanecer. Será por eso, que sus vidas eran un renacer continuo y nunca un ocaso. Hay quien dice que Los Húngaros nacieron en el país de los muertos y que venían de allí, huyendo de la quietud. Algo de verdad había, porque iban haciendo piruetas de un lado a otro al compás de las panderetas y los violines. Aquel martes, no llovió. Amaneció despejado y con un lejano sonido de fanfarria. Nos gusta pensar que ellos alejaron la lluvia, aunque podría ser pura casualidad. El caso es que el efecto que producía su llegada era casi mágico. Al tiempo que se levantaba el sol, se escuchaba más precisa la música. No tardamos en salir de las casas ante el alboroto, aunque la verdad es que más nos sorprendió el silencio del agua, porque la algarabía llegó después. Vestían de muchos colores y gustaban prenderse largos jirones de tela liviana que ondeaba con sus extraños movimientos circenses. Sin duda, con lluvia hubiera desmerecido mucho la imagen. Entraron de un lado del pueblo y lo atravesaron hasta salir por el otro, siempre rumbo este. Y no es que el pueblo fuera muy grande, pero hasta que no comenzó a oscurecer no empezaron a alejarse de nuestras casas y seguir su camino. No se fueron solos, tras la música, los bailes y los colores, muchos de los nuestros se fueron también. Después de aquel día, la lluvia volvió y ya nunca más fue miércoles. Los que nos quedamos no sabíamos que nunca volverían, de haberlo sabido (…)