Foto tomada de Internet
La culpa, como el miedo, son cazadores cazados, porque no cuentan con la gran capacidad del ser humano para el sufrimiento. El día que la culpa llegó a la calle de La Suerte número 8 entró con prisa, mientras salía el amor , al que saludó en mitad del pasillo. Buscó en la habitación más oscura y allí la encontró, con las manos marchitas de romper recuerdos pero sin lágrimas que arrastraran las palabras que debía haber pronunciado. Cuando se tumbó en la cama, la culpa, como una sombra, se tumbó junto a ella oliéndole el pelo que ya no volvería a cortar. Y así fue que pasaron mil años y la casa de la calle de La Suerte fue perdiendo su color azul cielo y encontrando montañas de polvo silencioso que ni la lluvia conseguía arrastrar. Por su tejado solo pasaban inviernos y un frío perenne, como un guardián, se acomodó en el umbral de la puerta mirando a los que pasábamos por la calle.
Un día, la puerta se abrió y de ella surgió una mujer con el pelo infinito. Comenzó a caminar calle arriba, tras ella, una sombra que pugnaba por agarrarse a todas partes miraba como la casa se iba despedazando poco a poco al tiempo que se alejaban. El final de la calle era una pequeña cuesta que aquella mujer, comenzó a subir con la dificultad de tener una sombra que intentaba marchar en sentido opuesto. Se detuvo, agarró la sombra en brazos para ayudarla a seguir el camino y después se perdió de vista cuando comenzó a bajar del otro lado. Aún recuerdo aquella sombra prisionera y me pregunto por qué la mujer no dejó que se quedara para tener más liviano el camino. Pero ahora entiendo que cuando ya no queda nada, al menos nos queda la culpa de no haberlo conservado y eso, es lo único que nos sigue atando al mundo.


