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lunes, 5 de marzo de 2012

Sombras ( La Culpa)


                                           Foto tomada de Internet

La culpa, como el miedo, son cazadores cazados, porque no cuentan con la gran capacidad del ser humano para el sufrimiento. El día que la culpa llegó a la calle de La Suerte número 8 entró con prisa, mientras salía el amor , al que saludó en mitad del pasillo. Buscó en la habitación más oscura y allí la encontró, con las manos marchitas de romper recuerdos pero sin lágrimas que arrastraran las palabras que debía haber pronunciado.  Cuando se tumbó en la cama, la culpa, como una sombra, se tumbó junto a ella oliéndole el pelo que ya no volvería a cortar. Y así fue que pasaron mil años y la casa de la calle de La Suerte fue perdiendo su color azul cielo y encontrando montañas de polvo silencioso que ni la lluvia conseguía arrastrar. Por su tejado solo pasaban inviernos y un frío perenne, como un guardián, se acomodó en el umbral de la puerta mirando a los que pasábamos por la calle.
Un día, la puerta se abrió y de ella surgió una mujer con el pelo infinito.  Comenzó a caminar calle arriba, tras ella, una sombra que pugnaba por agarrarse a todas partes miraba como la casa se iba despedazando poco a poco al tiempo que se alejaban. El final de la calle era una pequeña cuesta que aquella  mujer, comenzó a subir con la dificultad de tener una sombra que intentaba marchar en sentido opuesto. Se detuvo, agarró la sombra en brazos para ayudarla a seguir el camino y después se perdió de  vista cuando  comenzó a bajar del otro lado. Aún recuerdo aquella sombra prisionera y me pregunto por qué la mujer no dejó que se quedara para tener más liviano el camino. Pero ahora entiendo que cuando ya no queda nada, al menos nos queda la culpa de no haberlo conservado y eso, es lo único que nos sigue atando al mundo.

lunes, 24 de octubre de 2011

La relatividad del tiempo.

No se puede pensar cuando dentro de tu cabeza solo hay polvo de galletas. Un tarro completo sobre los hombros, intentando no quebrarse mientras me subo con extrema inconsciencia a la mesa coja de la cocina. Muy arriba, allí es donde está el trozo de chocolate y donde tienen que estar las cosas que saben a gloria, cerca del cielo. Con los dedos de puntillas, siento las nubes que se arremolinan en mis rodillas peladas y adornadas con los últimos granos de arena incrustada. Más alto aun, parece que se alejara mientras sobre los dedos de un solo pie efectúo la posición de ballet más extraña del mundo. Y así, con una talla deformada por el estiramiento, consigo alcanzar la punta del papel que lo envuelve. Sin embargo el mundo sigue rodando. Mientras toda mi atención me tira del pelo hacia arriba, las nubes se asustan, abandonan las corvas de mis piernas y la fuerza del mundo me arrastra hacia abajo sin perdón. Pero tardo mucho en caer. Las cosas malas pasan despacio y  yo aprovecho para saborear un trozo del chocolate antes que se me quiebre el tarro de galletas contra el suelo.

viernes, 15 de julio de 2011

Se marchitó

La soledad es algo que se siente una primera y única vez, el resto de las veces que creemos sentirla ya no es lo mismo, porque nuestra mente es  muy lista y se ampara en que al menos, uno se tiene a sí mismo. Pero esa primera vez que nos coge tan de imprevisto, puede llegar a ser demoledora. A mi hermano le pasó el 16 de agosto del 57, a eso de las 5 de la tarde, cuando yo me morí. Desde ese día, como dicen los viejos, no levantó cabeza. Mi madre lo llevó al médico para ver qué solución podían darle, pero el médico le dijo “Señora , su niño se ha marchitado”. Así que en vista de que tenía dos hijos y ahora solo le quedaba medio, puso a mi hermano en la habitación más fresca de la casa, la que daba al patio, para conservar lo poco que le quedaba de descendencia. Le abría al atardecer la ventana para que entrara la brisa y el aroma del Galán de noche. Pero no parecía que mejorara, cada vez tenía más ese color amarillento y crujía como el papel antiguo si se movía. Un día, sin más, se desmoronó en un montón de polvo y la brisa de la noche se lo llevó finalmente en una ráfaga suave.

miércoles, 13 de julio de 2011

Esperanza

Dijeron que construirían un camino que uniría la ciudad con nuestro pueblo. Y así fue como comenzamos a pensar en cómo sería nuestra vida cuando pudiéramos caminar por él hasta que viéramos la gran urbe. Nadie había salido del pueblo nunca, así que la sola idea de poder caminar por un pavimento hasta encontrarse con otras personas que no éramos nosotros, resultaba muy sugerente. Algunos se hicieron ropa nueva, otros comentaban para  ver quién los acompañaba cuando llegara el gran momento y sobre todo, sobre todo, hicimos unos bancos que miraban hacia el este, que era donde decían que estaba la ciudad. Queríamos ver cuando a lo lejos, en la colina, aparecieran las primeras personas que construían el camino que llegaba hasta nuestro pueblo. Sabíamos que no era fácil allanar terrenos, esquivar los lagos, construir los puentes hasta que finalmente, tuviéramos nuestro ansiado camino hacia el resto del mundo. Pero cuando 30 años después de que nos sentáramos en los bancos no aparecía nadie, comenzamos a perder la esperanza. Nos levantamos algo defraudados, pero lo peor fue ver que el pueblo había sido comido por la maleza y el polvo y ya no teníamos ningún sitio a dónde volver.

martes, 14 de junio de 2011

Recuerdo este lugar...




Recuerdo este lugar. Es curioso, a veces tengo la sensación de que digo esto con cierto déjà vu, como si  ya hubiera estado aquí, recordando. Pero no estaba exactamente así, claro. Toneladas de tiempo le han caído encima, toneladas de polvo, toneladas de olvido.  Era octubre, el día 9 y fuera el ruido de las bombas era insoportable.  La Luftwaffe y la RAF ya eran viejas conocidas, se trataban de tú a tú y nosotros, abajo, en este refugio antiaéreo,  esperábamos a ver quién ganaría el pulso finalmente.  Recuerdo cómo intentamos normalizar nuestras vidas en esos días, asignando a cada puerta un número, como si de una calle londinense se tratara.  Siempre se encuentra una manera de normalizar las cosas, la adaptación es la base de la supervivencia. Esa noche del 9 de octubre, creo que morí en el número 6, nadie se dio cuenta hasta horas después. En el número 13 estaba naciendo un niño al mismo tiempo, creo que la madre dijo que se llamaría John Winston Lennon, por el primer ministro. Tenía buenos pulmones, sería un buen político. No escuché más.

Tengo un déjà vu, recuerdo este lugar, pero no estaba exactamente así…

(Para Sucede y su propuesta)

martes, 10 de mayo de 2011

Belleza II


De nuevo, intentó recolocar todas las partículas de polvo que cubrían la estancia. Pero ya sabemos que el polvo, posee la capacidad de mantener la apariencia de estaticidad  y ser dinámico a la vez. Tiene esas cosas, hay que quererlo igual no obstante.  Porque al fin y al cabo, suele acompañarnos durante mucho tiempo y conoce todos nuestros pensamientos.  Así que desesperado y vencido por la infinita pequeñez de las partículas, se sentó con el cuidado del que pretende hacer menos daño del que ya ha provocado y esperó a ver el resultado de su  inoportuno estornudo. Por desgracia, las letras que ella esbozara  sobre la mesa mucho tiempo atrás, cuando la capa de polvo era solo una incipiente pátina con reflejos dorados, se había deformado, perdiendo esa belleza que había conferido a su literal adiós.

lunes, 2 de mayo de 2011

Decadencia

El día que te marchaste, te lo dejaste colgado en el armario, detrás del abrigo de lana que te compré para Navidad. Pensé que no me vendría bien, pero me quedaba perfecto. Y durante todos estos largos años, se ha mantenido como el primer día. Creía que iría perdiendo brillo, prestancia, pero no ha sido así. Sin embargo, el resto de cosas se han ido poblando de una capa de recuerdos marchitos y amarillentos y ahora todo parece a punto de disolverse entre los dedos. Ya no se puede respirar bien, porque el aire es  demasiado viejo y está muy cansado para seguir aportando vida. Incluso yo tengo esa presencia de foto antigua y las arrugas se han hecho fuertes en mi rostro y en mis manos, que ya no tocan nada por miedo a que se pulverice. Simplemente, dejé que el tiempo hiciera su trabajo, todos tenemos un cometido. Solo me preocupa una cosa. Que cuando lo cuelgue de nuevo donde tú lo dejaste, no habrá nadie que se lo ponga y es una pena, porque está intacto entre tanta decadencia. 

Ya sabes, el dolor nunca envejece.

Fotografía de *Nexion http://nexion.deviantart.com/